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El Mundo
por Santiago Alcanda
En Israel una de cada tres familias tiene al menos un disco
de los quince que David Broza ha publicado en su tierra, desde los primeros
con afán rocanrolero, pasando por sus aventuras de grabaciones infantiles hasta
los grandes discos de cantautor y guitarrista maduro y contundente, con
versiones en hebreo de canciones de sus admirados artistas y poetas españoles:
Paco Ibáñez, Serrat, Manzanita, Goytisolo, etc.
El Broza americano, en su segundo capítulo, el profesor de Literatura, el
alma errante de Nueva Jersey, es otro cantar. En 1989 grabó Away from
home, una joya que mereció el halago del New York Times como “uno de los
mejores álbumes pop del año”. Desde Saul Below a Charles Bukowski o Leon
Tolstoi o sus amigos Jonathan Geffen, Matthew Graham o Peter Hillmerman, la
literatura llena vida y carrera de Broza. Y esa vena de Paul Simon, James
Taylor, John Lennon, Neil Young, Stephen Stills, John Prine, Bob Dylan incluso
de Sting, y, sobre todo, Tom Waits se percibe en sus canciones anglosajonas
salpicadas por ese fuego explosivo que caracteriza la forma de interpretar
y de golpear la guitarra de Broza.
El muy judío lo absorbe todo: Miles Davis, John Coltrane, Sonny Rollins,
Caetano Veloso, incluso los franceses Air. Y todo lo vomita. La rabia
que catapultó a un joven eterno llamado Jimi Hendrix parece perseguir al Broza
cuarentón que conserva una energía insólita, sorprendente. Cualquier
recital suyo parece una explosión continua de voz corajuda y acordes asesinos.
Se le sale el corazón y sus ojos en blanco nos aseguran que ha entrado en
estado de gracia paranormal. Y cuando se acuerda de enternecerse y suspira
una balada en arpegios es el corazón del oyente el que se encoge, primero,
y se acelera después.
David Broza, israelí de Haifa, creció en Inglaterra y en España. Niño,
adolescente y joven inconformista en Madrid abandonó los últimos días del
franquismo para cumplir el servicio militar en su patria. Llevó consigo
pinceles, óleo, acuarelas y su guitarra. David germinó su personaje en el
escenario precisamente en la mili. Cuando volvió en 1995, con Time of trains,
otro disco americano, David se encontró con una España distinta, abierta,
más plural y rica. Su penúltimo contacto con el mundo ibérico había
consistido en una canción para el álbum Poetas en Nueva York, de 1986, junto a
Leonard Cohen, Víctor Manuel, Angelo Branduardi, George Moustaki, Donovan,
Patxi Andion o Lluis Llach.
El David de los noventa en España buscaba su árbol genealógico – Brozas,
pueblo extremeño - a sus ídolos españoles, a Ibáñez, a Serrat, a Manzanita, con
los que logró cantar. Y David se topó con nuevos maestros. Javier Ruibal, Jorge
Drexler y Alejo Stivel le han ayudado a crear el Broza español, ese Broza que
disfruta con su guitarra M.Contreras bajo las influencias de Paco de Lucía para
rumbear, tanguear y, quizá, quién sabe si algún día, componer por
bulerías. El reencuentro del artista israelí con la cultura, con el espíritu
español, coincidió con un accidente en coche que truncó una gira
estadounidense óptima para lanzarlo definitivamente en aquel país con la
difusión paralela de una recopilación, The long road, que nunca vio la luz.
“Joaquín Rodrigo me llega más que Mozart, Haendel o Schubert. Es mediterráneo,
tiene un sentimiento común”.
Broza prepara a largo plazo una obra magna de doce suites que repasen su
obra. César Vallejo, Lorca, Vicente Alexandre, Cervantes, le acompañan en sus
visiones panibéricas. Isla Mujeres, según una canción magistral de
Ruibal, titula el primer álbum en español de Broza, un mosaico de imágenes
viajeras y fantásticas con mujeres perdidas y sentimientos encontrados -¿o
viceversa? – donde Joaquín Sabina, Drexler, Pedro Guerra… colaboran con textos
ad hoc. Carmela, Teresiña, Silencio en el contestador, Raquel, el tema de la
serie televisiva “Raquel busca su sitio”, En tu boca, Agua de mis ojos, son melodías
deliciosas que enganchan poquito a poco interpretados con una voz
cariñosa, sugerente, profunda, que acaricia y persigue.
Hebreo, español, estadounidense… Broza, universal, Broza, amoroso,
Broza, músico, sigue con nosotros. Pronto nos regalará una preciosa balada
sureña, El hijo de las nubes de la película Padre Coraje, la nueva de
Benito Zambrano, director de Solas. La música suya, la letra de Javier Ruibal.
Otra joyita. Y, al mismo tiempo, Isla mujeres se va a publicar en sus otras dos
versiones: inglesa y hebrea.
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